sábado, 8 de enero de 2011

LA GUERRILLA INVISIBLE

PINTADA. LA “EXPROPIACION” DE MATERIAL DE UNA CLINICA PRIVADA, EN 1973.

PINTADA. LA “EXPROPIACION” DE MATERIAL DE UNA CLINICA PRIVADA, EN 1973

CONSUL. WALDEMAR SANCHEZ DESPUES DE SU SECUESTRO Y LIBERACION.

CONSUL. WALDEMAR SANCHEZ DESPUES DE SU SECUESTRO Y LIBERACION.
Un trabajo que echa luz sobre las FAL

Una investigación sobre la historia de la organización que hizo el primer operativo de la guerrilla urbana.

Protagonizaron algunos de los hechos más audaces de las décadas del 60 y 70: el robo del arsenal del Instituto Geográfico Militar y el secuestro del cónsul del Paraguay, Waldemar Sánchez.

Pero fueron, también, invisibles.

Una organización revolucionaria sin palabras, sin texto, sin proclamas.

Fueron las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL) –muchas veces ese “Argentinas” se convierte en “Armadas”– y ahora un libro, La guerrilla invisible , de Ariel Hendler, periodista de Clarín , busca respuestas para una historia que nunca fue del todo develada.

“No conté con casi ningún tipo de fuente bibliográfica porque no existía prácticamente nada escrito.

La forma de enterarme de los hechos fue a través de las entrevistas a los propios protagonistas, que me fueron derivando unos a otros hasta llegar a más de 50, y chequeando los relatos orales con los diarios de la época y otros documentos.

Fue como armar un rompecabezas sin saber qué figura se iba a formar”, dice Hendler.

¿Por qué escribiste “La guerrilla invisible” en un tono que se asemeja a una historia de aventuras?

Me interesaba contar historias de vida, transmitir vivencias de mis biografiados en situaciones concretas.

Creo que es la mejor vía que tenemos para atrapar una experiencia tan especial, situada en una época tan distinta.

En tu libro decís que las FAL era la organización guerrillera menos conocida.

¿Quiénes eran?

Las FAL nacieron a fines de 1969, al unirse unos cinco o seis grupos que venían de la izquierda marxista independiente, o desencantados del Partido Comunista.

Fue la primera organización revolucionaria que se dio a conocer públicamente, en marzo de 1970, cuando secuestraron a un cónsul paraguayo para reclamar que la policía reconociera que había detenido a dos de sus militantes.

Lo liberaron a los pocos días sin conseguir nada porque el rehén era insignificante, y esa anécdota inspiró la novela El cónsul honorario , de Graham Greene.

Pero lo más importante de este caso olvidado es que uno de los dos detenidos, Alejandro Baldú, jamás apareció y es el primer detenido-desaparecido de la lucha armada.

Según contás, antes de eso había una especie de proto-FAL sin nombre, palabra ni texto, tres cuestiones que para las organizaciones y para la época eran fundamentales...

El grupo fundador original, que se había desprendido del MIR Praxis de Silvio Frondizi, se caracterizó por ser una organización secreta que no tenía nombre ni presencia pública.

Para darse una idea, en abril de 1962 robaron el armamento del Instituto Geográfico Militar, en lo que fue el primer operativo de guerrilla urbana en la Argentina, y jamás lo publicitaron.

Ellos reclutaban a sus aspirantes en forma personal, uno por uno.

Pero esa forma de actuar se volvió insostenible hacia 1970, cuando el país entró en el vértigo revolucionario.

¿Qué tomaron de las FAL las otras organizaciones armadas?

Veo más diferencias que similitudes.

Las FAL jamás consideraron que estuvieran en guerra abierta contra el poder del Estado.

Su estrategia siempre fue de acumulación de fuerzas y propaganda armada, con una gran dosificación en el uso de la violencia.

Y se diluyeron después de 1973.

En la historia de las FAL hay dos hechos muy violentos, como el asesinato de una chica secuestrada porque su familia no pagó rescate, o la bomba que mató a los policías que intentaban desarmarla…

Los dos hechos ocurrieron en la misma época, la primera mitad de 1972, y fueron los únicos de ese tipo.

Me interesa destacar que los responsables fueron jóvenes que en realidad no tenían una inclinación natural por la violencia, sino que la vieron como la única forma posible de actuar políticamente frente a la dictadura.


Nora Viater

jueves, 6 de enero de 2011

VÍCTIMAS OLVIDADAS

Las víctimas olvidadas del terror en Argentina

“Aquellos que controlan el pasado, controlan el futuro; quien controla el presente, controla el pasado".

Slogan del partido del Gran Hermano (1984 de George Orwell)

Por Mary Anastasia O'Grady (*)"Miles sufrieron en el alboroto izquierdista que precipitó el golpe militar de 1976.

La justicia no es asegurada fácilmente en ninguna parte del mundo.

Pero en Argentina hoy está fuera del alcance incluso mencionar en público a las víctimas del terrorismo de izquierda de los años 70 y menos hacer un esfuerzo para obtener para ellas o sus familiares un día en un tribunal judicial.

Inténtelo y probablemente será etiquetado por la izquierda argentina como un amigo fascista del ex gobierno militar.

El políticamente correcto sabe que se supone que aquellos que fueron tratados brutalmente por los guerrilleros que alguna vez Juan Perón llamó "juventud maravillosa" deben ser borrados de la memoria nacional.

La abogada de 35 años y defensora de los derechos humanos Victoria Villarruel se rehúsa a cooperar.

Fundó el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, en Argentina, con la misión de documentar los miles de crímenes terroristas cometidos entre 1969 y 1979.

Cree que arrojar luz sobre esa década oscura puede ayudar a asegurar un futuro más justo para todos los argentinos.

Todo el mundo conoce la historia de cómo los militares argentinos tomaron el poder en 1976 y procedieron a aplastar a los movimientos subversivos con crueldad.

Sus abusos de poder fueron legión, y en 1983 finalmente dieron un paso al costado en medio de la hiperinflación y el caos económico.

Pero Argentina vivió otra tragedia antes, y en algunos durante un tiempo después, de que los militares tomaran el poder.

Fue una ola de carnicería y destrucción causada por bandas de guerrilleros inspirados por Castro que buscaban tomar el poder aterrorizando al país.

Sus acciones provocaron un caos a escala nacional que llevó al golpe militar.

Sin embargo, debido a la deshonrosa caída del gobierno militar, los terroristas y sus simpatizantes han tenido éxito en volver a escribir esta historia, al describir solamente los crímenes de sus enemigos uniformados.

Algunas personas que son actuales o ex integrantes del gobierno de Kirchner, otros que son congresistas y otros que trabajan en los medios de comunicación fueron integrantes bien conocidos de organizaciones subversivas.

En una entrevista en noviembre en Buenos Aires, Villarruel me dijo que ni siquiera los políticos de la oposición hablan de las víctimas de los terroristas porque se ha vuelto "tabú" hacerlo.

El estado, dice, los trata "como si nunca hubieran nacido".

Un resultado es que una generación de argentinos ha crecido sin conocimiento de la historia completa de esos tiempos de terror.

El punto de vista de Villarruel es que la "verdad y justicia" demandan que las víctimas sean reconocidas.

Su libro de 2009 “Los llaman… jóvenes idealistas” contribuye a ese objetivo. En él documenta con fotografías y recortes de prensa la devastación que los terroristas le causaron a su propia gente.

"A vencer o morir", el lema del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), aparece en una foto como un graffiti garabateado en un camión.

Incluidas en el libro hay fotografías de algunas de las miles de víctimas: bebés, adolescentes, diplomáticos, empresarios, jueces, policías.

Algunos fueron secuestrados y asesinados.

Otros fueron asesinados o quedaron lisiados simplemente porque estaban cerca cuando explotó una bomba.

Menores eran reclutados para los ejércitos revolucionarios.

Todo valía para los rebeldes que buscaban rehacer su mundo a través de la violencia.

En la entrevista de noviembre, Villarruel describió el trabajo de su centro sobre el terrorismo, basándose en artículos de diarios y conversaciones con familiares y testigos, cuando se puede acceder a estos.

Muchos, afirmó, siguen teniendo temor a las represalias.

Me dijo que el centro ha logrado dar nombre a 13.074 víctimas de los terroristas. Esos son totales preliminares.

Villarruel está tan preocupada por la precisión de su trabajo que hizo que fuera auditado en forma independiente dos veces.

Prevé que los recuentos finales estén terminados a mediados de este año.

Es interesante señalar que la cantidad de casos presentados ante tribunales contra el gobierno militar con acusaciones de abuso de poder son menos de 9.000.

Mientras tanto, la justificación del gobierno de Kirchner para desestimar a las víctimas del terrorismo de izquierda es el argumento que fueron víctimas de crímenes comunes y que sus perpetradores ahora están amparados por la prescripción.

Pero Villarruel dice que su investigación demuestra que las víctimas fueron civiles atacados por movimientos guerrilleros en una despiadada búsqueda del poder.

Si es verdad, no habría prescripción de acuerdo con la Convención de Ginebra de 1949, ratificada por Argentina.

Villarruel escribe que al estudiar el terrorismo de los años 70, nunca entendió "las razones por las que un grupo, atribuyéndose a sí mismo la representación popular, decidió asesinar a su propia gente, alegando una supuesta causa justa y la necesidad política".

Es igualmente difícil entender porqué los argentinos han permitido que esos villanos controlen ese pasado y disfruten de impunidad legal.

http://www.youtube.com/watch?v=gK8I9FC3-zI&feature=player_embedded

Mary Anastasia O'Grady (*)

(*) Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE. UU.) el 3 de enero de 2011.Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2010Dow Jones & Company, Inc.Todos los derechos reservados.

sábado, 18 de diciembre de 2010

LA ESTAFA DE LOS DD. HH.

Si tomáramos por válido el relato oficial de los años 70 que han pergeñado y promovido diversos sectores interesados en deformar el pasado reciente, entonces, Fernando Haymal sería un nombre que no tendría lugar en la cacareada "memoria".

En efecto, se trata de un caso tan relevante como controversial, capaz de hacer tambalear la historieta setentista y, al mismo tiempo, poner en descubierto la estafa que se ha hecho con los derechos humanos (DD. HH.) en la Argentina.

Fernando Haymal (nombre de guerra "Valdés") pertenecía a la organización terrorista Montoneros.

Murió brutalmente asesinado por sus propios compañeros (aplicación de torturas mediante), a principios de septiembre de 1975, en la ciudad de Córdoba.

Su muerte fue decidida algunas semanas antes por un "tribunal revolucionario" montonero que llevó adelante una parodia de juicio en su ausencia y determinó que debía "ser pasado por las armas en el lugar y momento en que se lo encuentre" (1).

Sus camaradas sospechaban, en concreto, que una reciente caída de Haymal en manos de las fuerzas legales había provocado el allanamiento de un local con depósito de armas, lo que luego condujo a la ubicación y detención del jerarca terrorista Marcos Osatinsky, miembro de la conducción nacional de la banda en cuestión.

En otras palabras, el "enjuiciado" y "condenado" había presuntamente "cantado" lo que no debía.

A diferencia de lo que sostienen los embusteros setentistas, siempre preocupados por ocultar el desaforado militarismo connatural a las organizaciones armadas de los 70 (y así negar el status de guerra interna de lo vivido por entonces), el belicismo, verticalismo y militarismo de Montoneros explica en gran parte el sangriento final de Fernando Haymal.

Una de las principales aspiraciones de la organización, en efecto, consistía en, progresivamente, ir regularizando su "ejército irregular" (el "Ejército Montonero"); esto es, ir emulando las características propias de los ejércitos profesionales para desarrollar una guerra "de aparato a aparato" contra las Fuerzas Armadas de nuestro país, con el fin último de tomar el poder.

A tales efectos, se designaron grados militares (aspirante, oficial segundo, oficial primero, oficial superior), se diseñó un uniforme (pantalón azul marino y camisa celeste, sólo usado en reuniones y algunos ataques como el ejecutado contra el Regimiento de Monte 29 de Formosa) y se redactó un "Código de Justicia Revolucionaria", donde se establecían las penas (incluida, en todos los casos, la de muerte) para infracciones internas, como la delación, traición y deserción, entre otras.

Estas normativas dispusieron que Fernando Haymal fuera "pasado por las armas", como muchos otros guerrilleros, tanto de Montoneros como del ERP, masacrados también por sus propios compañeros.

Pero el caso Haymal tiene varias particularidades que lo hacen especialmente peligroso para quienes utilizan la historia (devenida en historieta) de los 70 con fines políticos y/o rentísticos.

Primeramente, su nombre fue incluido en los nuevos listados del Nunca Más , retocados en el año 2006 por la secretaría de Derechos Humanos que maneja Eduardo Luis Duhalde (comprometido con Montoneros en los años 70 y con el Movimiento Todos por la Patria del terrorista Gorriarán Merlo, en los 80).

Según el "actualizado" listado, Fernando Haymal habría sido, entonces, víctima de las Fuerzas Armadas.

¿Cómo comprobar que esto no fue así? Pues los propios terroristas montoneros confesaron la verdad, a modo de hazaña, en su revista "Evita Montonera" , en octubre de 1975: "Fue ejecutado en Córdoba el delator Fernando Haymal (Valdés), en cumplimiento de la sentencia dictada el 26 de agosto por el Tribunal Revolucionario" (2).

Por otro lado, al año de haberse cometido la torpeza de incluir a Haymal en el Nunca Más , el montonero fusilado por sus camaradas fue conmemorado por el kirchnerismo con una placa de homenaje en el "Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado" sito en la costanera porteña, frente al Río de la Plata, tal y como lo anticipó oportunamente en este mismo diario quien suscribe este artículo.

Lo repetimos: Fernando Haymal fue víctima no de las Fuerzas Armadas, sino del propio terror que utilizaba como método de lucha revolucionaria la organización en la que él participaba.

¿Cómo seguir comprobándolo? Pues el diario cordobés "La Voz del Interior" cubrió la noticia de su muerte informando que: "Alrededor de las 18.30, se detuvo (...) un automóvil Peugeot color blanco, ocupado por varios sujetos. Los desconocidos llevaban secuestrado a un hombre joven a quien, tras detener la marcha del coche, lo hirieron de dos balazos en el tórax.

Luego, los criminales abrieron una de las puertas y procedieron a arrastrar al herido con el automóvil en marcha, reteniéndolo por las extremidades inferiores (...) Entre sus ropas, se encontró un documento de identidad a nombre de Fernando Haymal" (3).

Las irregularidades no terminan aquí; más grave aun, además de figurar en engañosos monumentos y oprobiosos listados oficiales, el nombre de Haymal también engrosa el registro de fallecidos de la ley 24.411 (Redefa), con lo cual todo indicaría que su familia percibió la abultada indemnización estatal prevista por esa normativa para "toda persona que hubiese fallecido como consecuencia del accionar de las Fuerzas Armadas (o) de seguridad (...) con anterioridad al 10 de diciembre de 1983".

En marzo de este año, el dinero que se otorgaba a los familiares de los guerrilleros caídos en la guerra a causa del accionar antiterrorista de las FF. AA. asciende a $ 620.919. El problema es que Fernando Haymal, insistimos a riesgo caer en la redundancia, no fue abatido por las fuerzas legales, sino ejecutado a sangre fría por sus propios compañeros.

¿Alguna otra prueba de ello? Pues su caso fue, inclusive, tratado en el juicio a las juntas militares en el marco de la causa 13, mencionándose la "condena y ejecución de una persona identificada como Fernando Haymal, a quien --sus compañeros-- consideraban traidor y delator" (4).

Las pruebas resultan contundentes: no sólo los propios terroristas reconocieron el hecho, sino que la prensa, a la sazón, lo cubrió, y la justicia, más tarde, lo trató. Cabría, luego, interrogarse: La secretaría de Derechos Humanos, los organizadores del "Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado" y quienes administran las bonificaciones de la ley 24.411,

¿no conocían los documentos que aquí exponemos?

¿O acaso prefirieron deliberadamente negar la verdad? Comoquiera que sea, lo relevante es que el caso Haymal viene a poner de manifiesto una realidad cada vez más tangible para los argentinos: los derechos humanos, en nuestro país, no sólo son una poderosa arma política para oportunistas en campaña o demagogos sin escrúpulos, sino, también, una jugosa alternativa para aquellos que no encuentran nada de malo en lucrar con la muerte y el dolor que la guerra interna de los años 70 dejó como secuela aún presente en nuestra sociedad.

Agustín Laje Arrigoni

(2) Revista "Evita Montonera", Nº 8, Pág. 21, octubre de 1975. Copia en poder del autor. (1) Comunicado de Montoneros a oficiales y aspirantes titulado "Juicio revolucionario a Fernando Haymal". Copia en poder del autor. (3) Diario "La Voz del Interior", Córdoba, 3 de septiembre de 1975. Copia en poder del autor.

viernes, 10 de diciembre de 2010

SCHOKLENDER NO TUVO MAS REMEDIO QUE RECONOCER A SU HIJA

SCHOKLENDER ABOGADO DE MADRES PLAZA MAYO QUISO QUE SU HIJA DESAPARECIERA

Sergio Schoklender (52), abogado de Madres de Plaza y mano derecha de Hebe de Bonafini, reconoció a Madeleine Camille Schneer (11) como su hija biológica, tras un juicio de 11 años, que aún sigue.

Aunque la Justicia todavía no se expidió, Schoklender adoptó la medida tras conocer los resultados de la prueba de ADN.

Pese a lo cual, ahora la madre de la niña iniciaría un juicio por alimentos. Reconocimiento.

El 12 de mayo de 2010 se conoció el resultado del ADN:

Probabilidad superior al 99,99%.

Días más tarde, Shoklender presentó un escrito en el cual reconoció de manera expresa y voluntaria el reconocimiento de la paternidad de la menor Madeleine Belén Schneer.

Manifiesto que las cuestiones referidas a los alimentos, régimen de visita, y demás cuestiones conexas serán objeto de acuerdo entre las partes (...)

Esta historia podría ser una más entre las miles que existen en la Argentina sobre padres que se realizan pruebas para conocer su paternidad.

Pero en este caso es particular: se trata del abogado de las Madres de Plaza de Mayo y que pasó quince años presos por matar, junto a su hermano, a sus padres en mayo de 1981.

Relación intensa.

María Belén y Schoklender se conocieron en diciembre de 1995 en Tucumán cuando él le firmó un autógrafo en su libro, Infierno y resurrección.

El mensaje fue corto, pero a ella la encandiló:

Con mucho cariño y afecto decía el mensaje.

Cuando él volvió a Buenos Aires, ella le escribió una carta y recibió una respuesta.

A partir de allí comenzó una relación a distancia entre ambos.

Pero las cosas se enfriaron y ella fue decidida a la capital para terminar con él.

Corría el mes de diciembre de 1997.

Según su versión, fue la última vez que estuvieron juntos.

Esa noche quedó embarazada.

En enero del 98 tuvo la noticia.

Según cuenta María Belén, desde Buenos Aires la llamaron apenas se conoció la noticia del embarazo.

Allí, "una tal Karina, supuesta secretaria de él, me recomendó no llevar adelante esto".

Ella se negó. Pero las amenazas habrían continuado:

"la actitud de Sergio hacia mí y el tema en cuestión, fue de absoluta hostilidad.

Canceló nuestro diálogo e hizo intervenir a Sergio Gandolfo, uno de sus socios-amigo".

Perfil.com se comunicó con ambos, quienes negaron las amenazas e incluso fue Shoklender quien dio otra versión de los hechos:

Yo me ofrecí a pagar todo desde el primer día. Incluso a reconocerla .

Ellos (su familia y los abogados) no querían que me haga el ADN para sacarme una fortuna, se defendió Schoklender.

Madeleine nació el 2 de septiembre de 1998.

Ella la crió sola, y a 1200 kilómetros de su padre.

La justicia me dio un trato feroz, como si Madeleine fuera la hija de Obama.

Gandolfo me torturó llamándome durante todo el embarazo .

En 2004, María Belén le escribió una carta al por entonces presidente Néstor Kirchner para que interceda en el tema.

Seis meses más tarde le contestó Eduardo Luis Duhalde, secretario de Derechos Humanos de la Nación.

Le respondió que no se metían en temas personales. María Belén se indignó:

Eso es mentira porque por ejemplo el caso de Marita Verón, nada tiene que ver con la dictadura y sin embargo Duhalde estuvo hasta el cuello en el tema.

Ni él ni (Hebe) Bonafini me dieron su apoyo.

Aún no hubo un fallo judicial.

El abogado de Schneer, Patricio Aráoz, adelantó a este portal que el próximo paso es un juicio por alimentos, ya que "desde hace diez años que no pasa un peso".

Los tiempos de la Justicia van lentos.

En este caso, más de 12 años.

La polémica por Madeleine no terminó.

http://www.perfil.com/contenidos/2010/08/19/noticia_0018.htm

viernes, 3 de diciembre de 2010

UN REPORTAJE DE O GLOBO A MARCOS CAMACHO “MARCOLA

El capo narco de San Pablo dice que la guerrilla actúa en la Argentina

“Los Argentinos ya están dentro del sistema; nuestro mayor logro fue el garantismo jurídico, el progresismo y la corrupción política y policial; ellos pronto estarán peor que nosotros porque tienen la guerrilla ya instalada, que apoya cualquier tipo de caos.”

Marcos Camacho, más conocido por el sobrenombre de Marcola, es el máximo dirigente de una organización criminal de Sao Paulo (Brasil) denominada Primer Comando de la Capital (PCC).

Las respuestas de Marcola nos aproximan a lo que puede ser el futuro de la delincuencia común en América Latina.

O Globo: ¿Usted es del PRIMER COMANDO DE LA CAPITAL (PCC)?

Marcola: Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos.

Yo era pobre e invisible.

Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria.

El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía…

¿Qué hicieron?

Nada.

¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros?

Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre “la belleza de esas montañas al amanecer”, esas cosas…

Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga.

Y ustedes se están muriendo de miedo.

Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social.

O Globo: Pero la solución sería…

Marcola: ¿Solución?

No hay solución, hermano.

La propia idea de “solución” ya es un error.

¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río?

¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo?

¿Solución, cómo?

Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una “tiranía esclarecida” que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice.

Y del Judicial que impide puniciones.

Tendría que haber una reforma radical del proceso penal de país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta “conference calls” entre presidiarios…)
Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país.

O sea: es imposible.

No hay solución.

O Globo: ¿Usted no tiene miedo de morir?

Marcola: Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no.

Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera.

Nosotros somos hombres-bombas.

En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas.

Estamos en el centro de lo insoluble mismo.

Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera.

Ya somos una nueva “especie”, ya somos otros bichos, diferentes a ustedes.

La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón.

La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común.

¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe?

Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja…!

Yo leo mucho; leí 3.000 libros y leo a Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país.

No hay más proletarios, o infelices, o explotados.

Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad.

Ya surgió un nuevo lenguaje.

Es eso.

Es otra lengua.

Está delante de una especie de post miseria.

La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas.

Es la mierda con chips, con megabytes.

O Globo: ¿Qué cambió en las periferias?

Marcola: Mangos.

Nosotros ahora tenemos.

¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda?

Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio…

Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, ¿entiende?

Nosotros somos una empresa moderna, rica.

Si el funcionario vacila, es despedido y “colocado en el microondas”.
Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes.

Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión.

Ustedes son lentos, burocráticos.

Nosotros luchamos en terreno propio.

Ustedes, en tierra extraña.

Nosotros no tememos a la muerte.

Ustedes mueren de miedo.

Nosotros estamos bien armados.

Ustedes tienen calibre 38.

Nosotros estamos en el ataque.

Ustedes en la defensa.

Ustedes tienen la manía del humanismo.

Nosotros somos crueles, sin piedad.

Ustedes nos transformaron en “super stars” del crimen.

Nosotros los tenemos de payasos.

Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor.

Ustedes son odiados.

Ustedes son regionales, provincianos.

Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos “globales”.

Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros “clientes”.

Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos.
O Globo: ¿Pero, qué debemos hacer?

Marcola: Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí.

¡Agarren a “los barones del polvo” (cocaína)! Hay diputados, senadores, empresarios, hay ex presidentes en el medio de la cocaína y de las armas.

¿Pero, quién va a hacer eso?

¿El ejército?

¿Con qué plata?

No tienen dinero ni para comida de los reclutas.

Estoy leyendo “Sobre la guerra”, de Clausewitz.

No hay perspectiva de éxito.

Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones.

Tenemos hasta misiles anti-tanque.

Si embroman, van a salir unos Stinger.

Para acabar con nosotros… solamente con una bomba atómica en las villas miseria.

¿Ya pensó?

¿Ipanema radiactiva?

O Globo: Pero… ¿No habrá una solución?

Marcola: Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la “normalidad”.

No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia.

Pero a ser franco, en serio, en la moral.

Estamos todos en el centro de lo insoluble.

Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida.

Sólo la mierda.

Y nosotros ya trabajamos dentro de ella.

Entiéndame, hermano, no hay solución.

¿Saben por qué?

Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema.

Como escribió el divino Dante: “Pierdan todas las esperanzas.

Estamos todos en el infierno”.

Los argentinos ya están dentro del sistema, nuestro mayor logro fue el garantismo jurídico, el progresismo y la corrupción política y policial, ellos pronto estarán peor que nosotros porque tienen la guerrilla ya instalada que apoya cualquier tipo de caos.


http://www.fmdelasamericas.com/index/item,1416/seccion,1/

martes, 30 de noviembre de 2010

EL EX OFICIAL MONTONERO EDUARDO ANGUITA, CUENTA SOBRE LA GUARDERIA PARA HIJOS DE TERRORISTAS ARGENTINOS EN CUBA

La guardería de Montoneros: Recuerdos de una infancia cubana


Mario Firmenich y Fernando Vaca Narvaja en la Guardería de Montoneros en La Habana... ¿no es tierno?

Virginia, hija de la lucha y la verdad

Entrevista a Virginia Croatto: “Era como si estuviéramos resistiendo en el País de Nunca Jamás para volver algún día al paraíso”.
Armando Croatto, padre de Virginia, inició su militancia como delegado municipal en Avellaneda.
Rápidamente se unió a la Juventud Trabajadora Peronista, brazo sindical de Montoneros.
El 17 de septiembre de 1979 fue asesinado cuando llegó a una cita cantada en Munro.
La cineasta fue uno de los niños de La Guardería, el lugar que organizó Montoneros en La Habana para preservar la vida de los hijos de los militantes que volvieron al país en el marco de la contraofensiva.
Con 34 años, decidió contar cómo fue aquella experiencia.



Susana Bardinelli abraza a su hija Virginia en La Guardería de La Habana.
Año 1979, la conducción nacional de Montoneros lanza la Contraofensiva y cientos de militantes que están en el exterior se preparan para volver al país.
Ya se sabía qué pasaba con los chicos cuando una familia era secuestrada.

El horror de las apropiaciones o las torturas a los pibes los termina ubicando como protagonistas de un conflicto que heredan.
Cuidar a los chicos era cuidar a la organización.
Y por ello, la conducción de Montoneros crea una guardería en La Habana, Cuba.
Por allí, jugaron, rieron, lloraron y extrañaron más de 50 hijos de militantes. Vivieron su inocencia.
Hoy han madurado y procesado aquellos momentos.



Virginia, hija de Susana y de Armando Croatto, ex diputado de la Juventud Peronista y miembro de la organización Montoneros que participó de esa frustrada intención de regresar clandestinamente a la Argentina, estuvo en La Guardería durante casi cuatro años.
“Llegué con mi hermano y mi vieja a principios de 1980.
Ella fue su responsable desde ese año hasta fines de 1983.
Pero La Guardería, en realidad, funcionaba desde antes.
A fines de 1978, Edgardo Binstock y Pinu, su esposa, fueron los primeros responsables y mi mamá los reemplazó”.
–¿Cómo era convivir con la alegría y las malas noticias de desapariciones y muertes?
–Teníamos claridad que nuestros padres estaban exiliados, que estábamos ahí por un tiempo y que íbamos a regresar a la Argentina.

Extrañábamos mucho y sabíamos que nuestros viejos luchaban para que pudiéramos volver.
La caída o la muerte de los adultos no era un tema que se hablara todo el tiempo entre nosotros.
Sabíamos lo que teníamos que saber.
No es que no se mencionara nunca, pero no se tocaba todo el tiempo.
En realidad, nos pasábamos casi todo el día jugando o paseando.
Nos divertíamos mucho aunque, claro, había momentos más difíciles.
Un concepto clave para nosotros fue que los grandes no nos mintieran.
Se explicaba todo.
Por supuesto que, de tal manera, como para que lo entienda un chico, pero siempre con la verdad.
Para los más pequeños, era algo que se acercaba a los términos de La vida es bella, o sea algo más fantasioso, o entre la realidad y la imaginación. Para los más grandes, era una explicación más real.
Todo el tiempo estaba eso de felicidad y tristeza.
Me acuerdo de tener una foto de mi papá debajo de la almohada.
Recuerdo también haber visto el panfleto, una especie de volante que se hizo por la muerte de uno de los papás de mis compañeros de guardería, y enterarme de eso ahí y ponerme a llorar sola en la guardería.
Tenía ocho años.
Eso había que procesarlo de alguna manera.
Todos teníamos un piso de que sabíamos lo que pasaba, eso era duro, pero también había una ilusión de que no estaban muertos, de que iban a aparecer.
Pero la mayor parte del tiempo la pasamos bastante bien y nos divertíamos mucho.
–¿A qué jugaban?
–En la infancia muchos juegan a la guerra.

Para nosotros, esos juegos tenían condimentos reales.
Tengo un recuerdo en el que estamos todos escondidos en el fondo del patio.
Era muy divertido.
Hicimos como una carpita y juntamos palos, cosas de la basura, cachivaches en general.
Era un poco bizarro.
Hacíamos una especie de organización.
Los más grandes eran los que iban a ser los jefes y nosotros éramos los soldaditos.
Era como los indios y los vaqueros, pero en vez de ser los vaqueros éramos los Montoneros que volvíamos por el bien del país, contra los malos que eran los militares claramente.
Luchábamos contra los malos en función de los buenos, que eran nuestros papás.
Y lo que sucedía es que acá pasaba todo lo bueno, acá había dulce de leche todo el tiempo, había asado todo el tiempo, partidos de fútbol, la familia estaba acá.
Era como si estuviéramos resistiendo en el País del Nunca Jamás para volver algún día al Paraíso.
Tengo como pinceladas de recuerdos.
Me acuerdo de subir a las rejas y hacer como si nos estuviéramos entrenando.
En realidad éramos un grupo de niños que quería volver como para ser fiel y leal a nuestros padres.
También tengo recuerdos de jugar a cosas más de nenas.
Teníamos pececitos y juguetes de todo tipo.
Había un patio enorme con juegos, un tobogán, hamacas y calesita.
Y muchas veces jugábamos en la calle con los cubanos.
Nos levantábamos, desayunábamos, nos íbamos a la guardería o al círculo (así se llama en Cuba a los jardines de infantes) o la escuela.
Yo hice primer grado allá.
Había una combi chiquita del gobierno que nos llevaba.
Teníamos una infancia normal dentro de cierta locura.
Sin embargo, todo cambió cuando volvimos.
–¿Por qué?
–Porque recién llegada a la Argentina de La Habana tuve que ocultar que habíamos vivido en Cuba.

En mi barrio dije que había vivido en México.
Yo muchos años pensé que iba a volver a la isla.
Eso era un poco raro.
Esa cosa de por qué tengo que mentir, por qué tengo que ocultar o por qué tengo que cuidarme.
Ahí empecé a extrañar Cuba, porque yo era chica y allí la pasamos muy bien. Y venías a un país donde había que ocultar.
Mi mamá me cuenta que mi hermano le dijo: “¿Acá querías volver?, ¿a este país querías volver?”.
Eso me parece que nos pasó a todos un poco.
Había como un cuentito que en Cuba creíamos que era real.
–¿Crees que todos los chicos de La Guardería tienen la misma postura, estas cosas tan saldadas o que hay mucho que está abierto?
–Con el grupo con que más me veo tienen las cosas más o menos saldadas. Yo insisto en que es más costoso para alguien que se crió con un represor o con una familia que no le hablaba de política, entender ciertas cuestiones.

Y nosotros, hasta para discutirlo, siempre tuvimos la historia de la política atrás.
Una cosa es tener una explicación y poder pelearse con esa explicación, pero hay algo con lo que pelearse.
El problema está cuando los hijos de desaparecidos no tienen ni una explicación, así sea para destruirla y reconstruirla.
La contención del grupo.
La Guardería se mostró como un acierto claro.
El vivir todos juntos y compartir la misma situación construyó lazos muy fuertes y ayudó mucho.
En aquel momento hubiera sido más difícil si una madre o padre se quedaban solos con sus hijos en Cuba o México esperando que vuelva algún integrante de la Contraofensiva.
El colectivo de los chicos era como un grupo de contención ahí.
La gente que estaba a cargo de La Guardería, como mi vieja, eran personas que se encargaban de esto.
Había algunos chicos que tenían problemas, se hacían pis a la noche, estaban más caprichosos O lloraban mucho.
Me imagino que hubiera sido mucho más difícil si no estaba ese espacio de contención común para todos.
–¿Cómo interpretás la crítica de que muchos militantes se arriesgaron tanto que descuidaron a sus familias, sobre todo, en la Contraofensiva?
–Cuando se empieza a crecer, es lógico pensar que hubiera estado mejor que mi padre se quedase conmigo.

Hay una necesidad de ser hija.
Está bien que una se enoje, le reclame por qué no se quedó conmigo.
Pero después, empezás a entender la cosa más políticamente.
A los 34 años, reivindico que hizo lo que creía que había que hacer.
Uno puede ser más o menos crítico sobre la elección política, militar.
A mí me parece que se jugó, y reivindico que creyó en lo que hacía, y que creyó en lo mejor.
Después pudo no haber sido la decisión más acertada, pero siento que no hay derecho a que yo me ponga a juzgar, porque una cosa es analizar y otra es juzgar.
Mi vieja decidió seguir en la lucha, pero no volver a la Argentina, por ejemplo. Mis padres tuvieron decisiones distintas.
Lo que reivindico es que hicieron lo que creyeron más conveniente.
Claro que llevo la ausencia.
Cómo haces para no ser hija de quien sos.
Y sí, me hubiera gustado que mi papá hubiese estado toda la infancia conmigo.
Y en mi cumple de 15 o cuando iba a la playa, veía una nena jugando con un papá y decía por qué yo no lo tengo.
–¿Y qué lectura hacés hoy?
–Es difícil poder leer los ’70 en clave de hoy.

Hay como una cosa muy romántica que uno admira de los ’70 que está buenísimo, y hay una cosa como lineal de poner mucho el cuerpo.
Más allá de las organizaciones, la gente ponía el cuerpo de una manera que se preservaba poco, por decirlo así.
Podemos pensar muchos ideales, mucha soberbia, mucho arrojo, mucho sacrificio, mucho martirio.
Es un cóctel de todo eso.
Cuando digo que reivindico a mi viejo es porque tenía una idea y fue por ella, y eso contempla la equivocación.
Después, creo que la Contraofensiva fue un error.
Creo, no sé si mi mamá y mi hermano la comparten, que mi viejo no se bancó irse de la organización en 1979 con la cantidad de muertos que había, seguía pensando que la revolución era posible, y para eso había que desarmar a la dictadura, lastimarla.
Creo que, en lo personal, no se bancaba dar un paso al costado y que los muertos debían pesar mucho para muchos compañeros, pensar que se podían salvar ellos pero que había muchos que estaban desaparecidos era muy costoso.
Quiero ser cuidadosa en eso de pensar que está bien o mal que se hayan ido o quedado. Son decisiones muy personales.
Fue una cosa muy arriesgada, demasiado arriesgada, de todas las veces que había entrado al país clandestinamente, ésa fue demasiado arriesgada.
Si me preguntás si hubiese hecho lo que hizo mi viejo, te digo que no.

Pero soy mujer y creo que hay otra relación con los hijos.
Soy mujer en esta época.
En aquellos años, los hombres tenían esa idea de que su rol era resolver el país o resolver el trabajo, era una cosa externa, y ahora hay como algo más compartido entre madre y padre.
Yo no hubiera hecho lo que hizo mi viejo.
Mi mamá hizo algo parecido, pero no lo mismo.
Siempre tuve una reivindicación crítica.
Quizás en mí conviven las dos cosas, pero lo pude procesar y está saldada esa deuda con mi viejo. Y sí, me hubiera encantado que mi viejo conociera a mis hijos, que mi viejo me viera grande…
–Hoy maduraste y sos madre.

¿A los 16, a los 20, o a los 30 hubieras podido hacer esta película?
–Creo que éste es el mejor momento.

Sí, seguramente la maternidad tiene que ver con eso también.
Mi miedo es no caer en una mirada lineal sobre Montoneros, en algo ligero. Yo me preguntaba qué pasa si esto es leído sólo como un orfanato o “mirá los Montoneros, lo que hacían”.
Para mí hay dos lecturas peligrosas respecto de la película.
Una es esa que decís: “Mirá, qué locos estaban esos tipos que dejaron a sus hijos para venir acá”, sin entender el contexto de ese momento.
El otro recorte es decir: “Mirá los Montoneros, la conducción cuidó a sus hijos y no cuidó a los otros”.
Yo insisto que fue la construcción en un momento dado, lo que se pudo, y sí hubiera estado bueno que se cuidara más gente.
Y me parece que el momento histórico y personal me permiten no contar eso desde ahí, y si alguno lo quiere pensar así, que se vaya al cuerno.
Y después me daba miedo pensar qué van a decir todos sobre esto, ¿mis compañeros de La Guardería estarán de acuerdo?, si les va a gustar.
La mía es una historia posible, otros podrán contar otra.
El film sobre La Guardería de La Habana será la mejor interpelación para que nos miremos al espejo y veamos cuántas verdades llevamos puestas
Virginia volvió a la Argentina a fines del ’83.

Con su madre y su historia a cuestas. Se instalaron en Quilmes y en marzo del 84 ya estaba en la escuela, con su guardapolvo blanco y su mochila, al lado de otros chicos que habían nacido, como ella, en el ’76.
Sin embargo, esos chicos criados en plena dictadura, no podían tener ni idea de que, esa nena de rubios rulos y profundos ojos celestes había vivido una historia increíble.
Una historia que hoy cuenta con una memoria y una crudeza que conmueve hasta las tripas.
Que interpela cada verdad que hayamos construido en estos años de democracia respecto de lo que fueron los años de revolución y calvario. Porque no sólo hubo héroes y villanos, no sólo hubo víctimas y victimarios. Lo que cuenta Virginia nos lleva a la esencia misma de la condición humana.
Esa guardería fue un hecho real y concreto por el cual pasaron los hijos de una cantidad de cuadros montoneros.

Fue una medida defensiva.
Porque esa guardería era un refugio para evitar que ese medio centenar de pibes tuviera el mismo destino que el medio millar de hijos de militantes que eran secuestrados para cambiarles la identidad y fabricarles una nueva intoxicándolos de mentiras.
Virginia lo cuenta sin vueltas.

La lectura de su entrevista permite disparar críticas, seguramente.
Pero hay algo clave: “A los chicos no nos decían mentiras”.
Estamos hablando de cómo les contaban, por ejemplo, a un nene de tres años, algo así como: “No vas a ver más a tu papá porque murió combatiendo o lo secuestraron y ahora es un desaparecido”.
Hay que pensar y discutir La Guardería.

Porque en el álbum de familia, quienes participamos de aquel intento revolucionario de los setenta no podemos obviar todos los costados filosos, los dilemas, aquellas cosas que requieren valentía para entender el pasado y defender una ética militante.
Pero para que esa historia pueda ser dimensionada, no alcanza para nada con la voz de quienes tuvieron injerencia directa o indirecta en la ingeniería de esa guardería.
Es preciso, es absolutamente imprescindible, poner en valor voces como la de Virginia.
Porque, en definitiva, buena o mala, el objetivo era proteger la vida de aquel medio centenar de pibes que hoy son adultos y son testimonio vivo de cuánto quedó de aquel espíritu revolucionario.
O, mejor dicho, de cuánto sirvió esa herramienta pedagógica construida en una circunstancia tan especial.
No sé si será posible ir a esa escuela de Quilmes, donde Virginia llegó a cursar su segundo grado en marzo del ’84.

Me imagino ir, pedirle a la directora la lista de pibes que cursaron con ella ese año y que ahora son hombres y mujeres de 33-34 años.
“Fulano, fulana, vamos a proyectar una película contando la vida de unos pibes que se criaron en una guardería montonera.
La directora de la película es Virginia... y ella fue compañerita tuya en segundo grado, ¿te gustaría venir a verla junto a los otros chicos del grado?”.
No tengo idea de qué puede pasar.

Quizá para muchos sea lo mismo que ir a ver el cocodrilo blanco que llegó de Australia al zoo o para algunos sea la invitación al infierno con el que tantas veces lo asustaron cuando no tomaba la sopa.
Pero apuesto, con ese optimismo ingobernable que nos dejó haber sido parte de aquellos años revolucionarios, que muchos lo van a agradecer.
Virginia es una persona adulta.

Vive con Nacho, su marido-compañero, desde hace siete años.
Tienen una rubiecita de rubios rulos que se llama Paloma y un Felipe de ojos pícaros que se llama Felipe. Virginia estudió Cine en la mítica Escuela de Avellaneda, el mismo pueblo donde Armando, el Gordo, su padre, vivió y fue referente para muchísimos militantes y trabajadores.
Armando fue diputado nacional en 1973 y siguió militando tras renunciar a la banca, junto a otros diputados de la Juventud Peronista. El Gordo, cuando todo parecía perdido, como tantos otros, tuvo lo que hay que tener para volver a la Argentina a pelear como David contra Goliat.
Y así murió.
En su ley, que era la de muchos que queríamos un país distinto.
Virginia no se largó a hacer esta película –que es su piel hecha cine– sólo por conocer ese arte magnífico.

Trabaja en educación hace años y estudia Psicología.
Seguramente para entender mejor las conductas de otros y, como suele suceder con los psicólogos, para entenderse un poco más ellos mismos. ¿Tendremos hoy, en este país que reclama verdades a gritos y que convoca a jóvenes de a millares a causas justas, lo que hay que tener para entender la historia de Virginia y de los otros pibes de La Guardería?
Creo, conmovido por la valentía de esta chica rubia de rulos rubios y corazón inmenso, que su película es la mejor interpelación para que nos miremos al espejo a ver cuántas verdades llevamos puestas.
“Íbamos por lo menos una vez por semana”
Entrevista a Roberto Perdía, ex dirigente Montonero
Roberto Perdía fue uno de los dirigentes más importantes de la conducción nacional de Montoneros y uno de quienes más responsabilidad tuvieron al momento de organizar La Guardería.
–¿Hubo alguna discusión a nivel conducción acerca de las guarderías?
–Apareció como una lógica dentro del proceso que se fue dando.

Hablamos con los cubanos y les pareció bien. Llevamos a los chicos, inclusive arreglé el traslado de varios desde España.
En situaciones distintas se los fue llevando a La Habana. No me acuerdo la cantidad exacta, pero eran alrededor de veintipico de chicos.
–¿Pudiste ir a La Guardería?
–Lo había tomado como un compromiso personal, por lo menos una vez por semana íbamos por ahí, para verlos.

Hay fotos que van apareciendo. Ahí los van a ver a Fernando Vaca Narvaja y al Pepe Firmenich, yendo, saliendo, entrando, pero no era sólo por los chicos nuestros, íbamos permanentemente a La Guardería, un poco para mantener un nivel de relación con ellos.
–¿Cuál era la línea cuando se tenía que informar a los chicos la muerte de algún padre?
–Trato de tener presente algún caso.

Se trataba de arreglar que fuera algún familiar quien se lo dijera, o el compañero o la compañera; o algún tío, el padre o la madre, o alguien ligado a la familia.
Recuerdo un caso que se llevó de México a España para que se contactara con la familia.
–¿Se decía la verdad, o se decía: “Tu papá se fue de viaje”?
–Dependía de las edades.

Yo no me acuerdo bien eso, pero se procuraba que fuera alguien que estuviera más cercano a ellos, el padre o la madre según el caso, o algún familiar que conocían, quien fuera el que le transmitiera la situación que estaba pasando.
Pero la modalidad para hacerlo, no me la acuerdo.
–Tu hija también estuvo en La Guardería.

¿Alguna vez te reclamó por esta situación o te reprochó una supuesta derrota?
–Es que no estoy convencido de que sea así.

Decir “perdimos” no sé si es la respuesta más precisa.
En realidad, es una explicación mucho más larga.
Es decir, se perdió eso, pero que hoy estemos hablando de esto indica otra cosa: que los chicos tengan alguna reivindicación en estos tiempos quiere decir otra cosa.
¿Qué es perder o ganar en la historia?
Yo creo en otra cosa, creo que la energía que se vuelca está, y esa energía otros la toman o no, pero está. Fue una derrota política y militar, eso sí.
Pero el tema de perdimos, así dicho, no sé, no estoy tan seguro. Tal vez por eso mi hija nunca me lo planteó así.
“¿Cómo nos iban a recordar?”
Entrevista a Susana Brardinelli, responsable de La Guardería entre 1980 y 1983.

La crianza de los pibes desde una identidad política, en un contexto de incertidumbre
Susana Brardinelli no sólo es la mamá de Virginia y de Diego Croatto.

Es, nada más y nada menos que la famosa “tía” de muchos hijos de militantes que pasaron por La Guardería.
Ella fue la responsable organizativa de ese lugar y asumió todas las tareas de atención y cuidado de los chicos.
–En aquellos tiempos me preocupaba mucho acerca de cómo nos iban a recordar los chicos, ya que era una situación difícil.

Por suerte, en los últimos años, me he cruzado casualmente con algunos de ellos y guardan un recuerdo muy lindo de aquella guardería.
–¿Cómo llegaste a La Guardería?
–Cuando llego a España y me entrevisto con Carlitos –Roberto Perdía, miembro de la conducción nacional de Montoneros–, y pese al dolor que tenía por la muerte de mi esposo Armando, le dije que me ponía al servicio de la Organización pero sin volver a la Argentina.

Me acuerdo que le devolví un dinero que mi marido tenía embutido para el mantenimiento de su gente. Y después, tras descansar unos días y reponerme un poquito, me ofrecieron ir a La Guardería como responsable.
–¿Por qué te lo propusieron?
–Me conocían desde que habíamos estado juntos en España en el ’78.

Yo ya en ese momento me había quedado con la hija de Perdía, en una casa de familia.
Además, bueno, supongo que por la profesión, o mi seriedad... igual por ahí aunque no hubiera sido ni tan seria, ni psicóloga, me lo ofrecían igual, vaya uno a saber… (risas).
–Y de un día para el otro tuviste que hacerte cargo…
–De 15/20 chicos más o menos permanentemente.

Este número era muy variable, en total habrán sido cincuenta porque había compañeros que por ahí dejaban a los hijos por dos o tres meses y volvían, y los chicos se iban con ellos.
Y otros compañeros que dejaron los chicos y no volvieron.
Teníamos chiquitos de tres, cuatro, cinco años, otros de once y doce años, y algunos más adolescentes.
–¿Y cómo hacías para manejarte con realidades tan disímiles entre sí?
–Formábamos grupos.

Estela, que era una compañera que también estaba al frente de La Guardería y era la más maternal, se hacía cargo de los más chiquitos.
Además tuvimos mucho acompañamiento.
Los cubanos nos ayudaron mucho con la limpieza y la atención de los chicos. Teníamos una guagüita (colectivo cubano) donada por Fidel para llevar a los chicos a las escuelas.
La conducción tuvo un criterio correcto de no hacer una casa cerrada, sino que los chicos fueran normalmente a los jardines de infantes, o a las escuelas.
–¿Y qué problemas te aparecían a vos como psicóloga? ¿Qué respuestas tenías que dar?
–Lo llevamos bastante bien.

Así como tuvimos ese apoyo de lo económico y de la comida, también teníamos gente responsable de educación y de salud.
Los cubanos tenían normas de salud muy estrictas, y nosotros no éramos tan así. Pero así como nos controlaban, nos aportaban mucho.
Estoy hablando en sentido positivo.
–¿Qué enfermedades cubanas aparecían?
–Parásitos, el tema de los parásitos, algún problema de respiración por la humedad, por el clima.

Después había otra clase de complicaciones, más de tipo psicológico. Había algunos problemas de enuresis, se hacían pis en la cama, uno o dos, tampoco te creas que eran un montón…
Y después había una chiquita que hacía rocking. Eran muchos chicos y sabíamos cómo hablarles, cómo manejarnos...
–Cuando hablabas con los chicos ¿lo hacías despojada de toda idea militante?
–No, al contrario.

Siempre con afecto pero al mismo tiempo en clave política aunque muy elemental claro.
En la mayoría de los casos, los abuelos se contactaron con la conducción, no con nosotros, porque siempre se mantuvo esa estructura jerárquica. Y nosotros recibíamos a esos abuelos en La Guardería de distinta manera según como fueran las relaciones, había abuelos de confianza, y había abuelos que no eran de confianza. Y también se hacía una cosa gradual de recontacto del nieto con el abuelo, que de repente lo había visto muy pocas veces.
La noticia, o la información de lo que hubiera pasado, no la dábamos nosotros, sino que la daba la familia.
Esa era la línea. Máximo respeto, obvio.
No se decía nada hasta que no tuviéramos contacto con alguien de la familia.
–¿Había reproches del estilo: “¡Quiero a mi mamá!”?
– No, no, no...

En general los chicos, eran muy chicos para formular las cosas en esos términos, o venían con mucha explicación.
Y aparte veníamos todos de una historia... yo había estado tres años clandestina acá con mis hijos.
En general era todo muy dialogado. La casa era muy grande, con muchas habitaciones, con todo lo demás, con un tremendo jardín y con juegos.
Había espacios para estar con ellos, para charlar, contábamos cuentos, hacían dibujos, cantábamos, festejábamos los cumpleaños, les escribíamos cartitas a los papás. Había una cosa grupal muy fuerte.
–¿Qué mantenía tan unido al grupo?
–La ideología.

Además hay que ubicarse en Cuba con los pioneros, la lucha contra el imperialismo y la solidaridad.
Los chicos venían con consignas del círculo (colegios y jardines de infantes cubanos).
Nosotros íbamos a pasear en la combi, y los chicos iban cantando consignas de ese país.
Las familias cubanas cercanas a nosotros se llevaban de repente a los chicos a pasear. Habían hecho distintas relaciones con uno o con otro, y bueno, se llevaban a fulano o mengano, respetando a los hermanitos, ¿viste? Y de repente se iban a pasar el domingo a la casa de alguien, y después volvían. Ubicate en el Estado de Bienestar (risas).
Teníamos clubes, teníamos de todo.
Nos encontrábamos como extranjeros digamos, e íbamos al Hotel Carlos Marx, podíamos ir a la pileta...
Era una cosa sufrida, porque no se podía negar que los chicos no estaban con los padres, pero al mismo tiempo le fuimos dando toda una característica muy vital.
–Y vos apuntabas mucho a eso, a que estén entretenidos…
–Y al proyecto, porque dentro del entretenimiento también estaba recordar las fechas patrias, hablar de la historia, les llegaban las revistas, Anteojito, Billiken, cuentitos también, más que nada cosas así para ir manteniendo algunos lazos.

Todo el tiempo tratabas de que los chicos estuvieran bien, entretenidos y sanos.
Esa fue una decisión sabia de los compañeros de vincularse, tener amigos, ir a la casa de los amigos cubanos, participar de actividades del comité de defensa de la revolución, a dónde íbamos nosotros.
Después, una vez por mes hacíamos los cumpleaños, de los chicos que cumplieran ese mes, y de los grandes también. Y esa era una fiesta, era una tremenda fiesta, dónde primero festejábamos todos, y después hacíamos dormir a los chicos y nos quedábamos los grandes. Porque también ahí necesitábamos nosotros un espacio...
–De catarsis...
–Sí, y de pertenencia a cierto proyecto.
–¿Cómo te gustaría que sea recordada La Guardería?
–Primero, me gustaría que apareciera muy contextualizado.

O sea, yo con la Contraofensiva tengo mil y una críticas, que fue mal hecha, que un montón de cosas, pero nosotros fuimos parte de esa contraofensiva, digo, a Armando lo matan en la Contraofensiva, pero la intención era seguir militando.
–¿Qué argumentos vos estás contestando cuando pedís que se entienda el contexto?
–A los que dicen que éramos inhumanos, y que no nos importaba matar a nadie, y a tal punto no nos importaba matar a nadie, que abandonábamos a nuestros hijos en manos extrañas.

Yo creo que desde la organización fue bueno dar una posibilidad de que las distintas familias y los distintos padres optaran por distintas posibilidades. Nadie obligó a nadie.

Publicado en Revista Miradas al Sur Por Eduardo Anguita

lunes, 29 de noviembre de 2010

¿QUIEN DIRIGE TELAM ?...

Los editores de Santucho han hecho carrera

Carlos García, a la izquierda en la foto, asumió el pasado 14 de noviembre como director de la agencia oficial de Noticias: Télam

García asumió y dijo: "Prefiero los militantes antes que los periodistas.
Los periodistas profesionales son como “prostitutas”, que mienten en defensa de quienes “les pagan”, mientras que los militantes escriben “la verdad al servicio del pueblo”.

El flamante presidente de Télam se autodefine como "comunicador, locutor nacional, guionista de historietas, periodista, productor, conductor de programas de radio, TV, productor ejecutivo de documentales, de series, director creativo de tres campañas políticas presidenciales y seis gubernamentales".
También fundó y dirige la llamada Red Nacional y Popular de Noticias, conocida entre los militantes kirchneristas como "La Nac & Pop".
Y además, participa de la Agrupación Oesterheld, otro espacio filo-K que reivindica la imagen del autor de El Eternauta, que tuvo una fuerte presencia en el último acto oficialista en el Luna Park, promovido por "Eternéstor" , un cruce entre el personaje y el ex presidente.

Carlos García tuvo en lso 70 una pareja, Rocío Ángela Martínez Borbolla, y con ella dos hijos.
Uno de ellos es Camilo García, notero de varios programas de chimentos.

Rocío Ángela Martínez Barbolla era una maestra asturiana, profesora de sociología en Filosofía y Letras, delegada de CTERA, dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), desapareció el 13 de junio de 1976.
Por aquel entonces Bárbara, su hija mayor tenía 8 años y faltaban 13 días para que Camilo cumpliese los 4.

Dijo Bárbara García sobre su madre:
"Yo era consciente de todo.
Mi casa era lugar de reuniones del ERP; mi mamá editaba ‘El combatiente’.
Incluso, ordenando, encontré armas y ella se quedó helada. Me sentía una más de ellos."
(Recordemos que la que dice que sentía una más de ellos, tenía 8 años entonces)

Así están las cosas en Argentriste...

Horacio Ricardo Palma